Gracias, Stefania Di Leo por esta oportunidad Extranjeros Se repite en la noche el aullido de un animal, ladrando a la luna, o a la sabana, o acaso brama sobre el páramo inhóspito de nuestra conciencia. Como forajidos, se deslizan en las sombras de un buque sin destino, hacia el corazón humano apertrechado en su incontable avaricia. Traen entre sus pies el murmullo de la gacela, la sonrisa de un tambor en sus manos y una rosa de arena como ofrenda. Nada para sortear los arrecifes ni siquiera la canción de las caracolas o los versos como la nácar. Aquí, en el altar de la opulencia, vertida está la copa de la compasión y la ternura. En este banquete de fieras, no hay bandadas de flamencos, ni sitio para el vuelo limpio del cóndor: el mundo se ha partido en dos sin puentes ni hombros para construirlos, así que, ¿adónde vas, collar del viento, príncipe de una Ítaca destruida? No, muchacho, aquí se...